jueves, 23 de julio de 2009

Para seguir conociéndonos

Una mirada desde lejos

Viaje a la ciudad del miedo

Cuando se esconde el sol, la noche trae múltiples espectros que a la vista de todos, o de algunos, parecen inconfundibles. Más aun si se trata de mutilar el firme opositor de la libre circulación. Es un muro el que impide que todos lleguen al supuesto bienestar. Por eso muchos, como éste hombre, se dejan seducir por las realidades de aquellas luces y le piden al santo incrustado en su piel, que los protejan en su viaje: quita de mí la angustia, tristeza y soledad dejando simplemente grabado en mi interior la fuerza necesaria para seguir misionando en esta realidad.
Es de noche cuando todos quieren pasar hacia las luces que les indican que, ahí, está lo mejor. Muchos contemplan, meditan y esperan la hora para cruzar el muro pintado de par en par. El muro con figuras abstractas que se combinan con las treinta y seis luces, o aún más, luces que se pintan de fondo mostrándose deseosas de ser conquistadas. Entre las deformidades de la figuras hay números que indican la cantidad de muertos por el intento de ir hacia la otra cuidad. Hacia la cuidad de las oportunidades.
Como un trofeo de la vida, con certeza de seguridad, se cargan a la espalda al santo que los ayudarán a superar la humillación, la desigualdad que les espera del otro lado. Pero no les importa, el santo los protegerá. Él, más que los que cayeron en el intento de superar sus propias adversidades, es la protección.
El hombre le reza para que le vaya bien y, en un momento u otro, encaminarse a su destino, hacia aquella cuidad, hacia la oscuridad que le brinda seguridad. Y si no lo logra volverá una ves más, porque su sombrero le marca las cincuenta y siete veces que intentó superar la resistencia, el muro.