jueves, 27 de mayo de 2010

"Cosas que pasan en el barrio"



Aquella Hora
Ya la “Ciudad y Los Perros” estaba saliendo de su mochila y El Poeta visitaba a Teresa, cuado el vagón se le presentó vacío. Al ingresar en él, no se sentó porque cuando lo hacía se mareaba, por eso divisó una baranda apuntalada al lado de la puerta central del coche y se afirmó en ella.
Sacó definitivamente el libro de la mochila, empezó a buscar la página dejada hacía diez minutos, pero antes extrañó la vestimenta de un hombre que estaba casi afirmado a su lado con tachas en su campera de cuero y con celular último modelo, con camarita de filmar y todos los víveres incorporados. Ya Alberto no encontraba la forma de besar a Teresa, cuando escuchó el huidizo anuncio de la partida del tren. Al tiempo que parecía moverse, recordó que el cartel luminoso de anuncio indicaba que el tren partía a las 18:30. Pero ya era tarde para lamentos, un hombre rozo la punta del libro y para no ultrajarlo se lo llevó hacia su cuerpo sin pegárselo del todo. Levanto la vista, vió que la maquina avanzaba a paso lento y volvió a agachar la cabeza para tratar de seguir con el intento estratégico de Alberto en robarle un beso a Teresa, mientras ésta tenía miedo que su tía los viera.
Otro hombre lo empujó anticipando lo que venía, pero él sólo afirmó aun más el libro a su cuerpo y el espacio se reducía con tal rapidez que, al darse cuenta, tuvo que juntar las paginas y bajar el libro para afirmarse a un fierro que hacia de tirante. De a uno empezaron a ingresar al vagón. Disimulando con la mirada, vio que éste estaba lleno y tubo que afirmarse bien, haciendo un paso más a tras oponiendo fuerza a otro de los fierros que le apretaba la espalda ahora. Otro tirante del mismo diámetro, no muy alto, le impedía levantar la cabeza, y por su inmovilidad tuvo que acomodarse y afirmar la tapa duras del libro en su pecho.
Cuando quiso volver a abrirlo, ya no podía mover las manos porque estaban pegadas al cuerpo de otro hombre que respiraba rápido. Este había entrado corriendo y empujando a todos. Su panza parecía haber recibido abundante comida y sobresalía de tal forma que parecía una pelota de goma. La mano pegada al libro presionaba y aflojaba por los movimientos de la respiración de este. El hombre exhalaba continuamente y emanaba un olor conjugado de cebolla y papas fritas acompañado de un vino barato, que se transformaba en un insoportable ambiente atardecido. El olor lo remontó a su padre cuando, después de dos días de pura ingesta de alcohol, comía lo mismo. Para sacarse las dudas, pudo levantar la cabeza y apenas vio un bigote desprolijo y sucio, entonces se lamento viajar a esa hora. Se dijo- la puta madre- y suspiró sin ganas tratando de que su aire no invadiera al otro porque sentía que tenía respeto.
Mientras observaba las zapatillas de los demás, escuchaba el sonido de un teléfono celular y de pronto un hombre flaco de unos dos metros atendió al llamado. Este también respiraba fuerte y rápido, cerca de su oreja, más aún, arriba de su cabeza y cada vez que salía el aire hacía revolotear sus cabellos. El hombre atendió por primera vez y se le cortó la llamada, porque se escuchaba que decía “¿hola?, ¿hola?!” También éste había entrado empujando porque subió cuando la maquina estaba en marcha y había venido corriendo, por eso la fulgurante exhalación, pero de a poco parecía recuperarse. Sin embargo, el aire iba a las orejas del que sostenía el libro y este último no aguanto mucho el atropello y de a poco, discretamente, se cubrió las orejas. Pensó que era la mejor manera de escapar de aquellas ráfagas que despedía del gigantesco hombre. Este volvió a llamar y las palabras salían cargadas de bronca y rebotaban en los tímpanos del que llevaba del libro, que ya no sabía que hacer si bajarse en cuanto estación llegara, o taparse sin disimulo las orejas.
Si bajaba en la próxima estación, tenía que hacerlo desde el otro lado de donde estaba y el vagón se había compactado que no entraba un alfiler. Pero tampoco podía ver cuál de las estaciones era la que venía, porque no podía levantar la cabeza y esto lo llevó a no recordar bien cuántas paradas eran hasta su destino. Imaginó que eran cuatro o cinco, pero vacilo un instante hasta que se dio cuenta que el tren se detuvo una sola vez y, por lo tanto, entre la estación principal hasta la primera parada, el recorrido había sido de unos veinte minutos. Recapituló que en otros viajes entre una estación y otra, eran a penas de cinco minutos. Empezó a dudar del destino que le esperaba, recordó que se subió en el andén número uno, el que le correspondía. No quería abrir la boca para preguntar a alguien en cuál de las estaciones estaban porque todos iban, además de ensardinados, con sus auriculares puestos o simplemente eran demasiados altos para bajar la cabeza y responder. Si lo hacían, tenían que resistir a los alientos que irían inevitablemente a sus narices y eso no, a esa hora de la tarde no. Ya la incertidumbre invadió su cuerpo, y su pie derecho se le amortiguó, su pierna temblaba al soportar el peso de su cuerpo. Su mano pegado al libro, y a la panza de un gordo maloliente, empezaba a sentir como si hormigas caminaran en ella, he intentó moverla. Pero se dijo que no, porque esa otra persona que compartía el lugar, diría que le molestaba su panza y que lo están discriminando por ser gordo. -La culpa no es del chancho, sino del que le da de comer- se dijo a sus adentro y sonrió.
Resignado a levantar la vista, sintió que el tren empezó a aminorar la marcha y las voces que preguntaban -¿baja?- una y otra vez escuchó las ansiadas noticias- permiso que bajo-. Cuando ya parecía que el tren se detenía, preguntó con voz insegura- disculpe ¿qué estación es ésta?- unánimemente, como si cantaran en un coro, dos o tres voces dijeron que era Liniers. Automáticamente sus pies intentaron arrancar de modo tal que no fue posible porque el espacio se había reducido solo a los pies. Aferró sus dedos de la mano izquierda al libro y con la otra, marcaba el camino hacia la puerta - permiso que bajo, disculpe!- dijo, luego de pisar a una señora que la miró con desprecio. Seguramente también ella estuvo en un aprieto de tal magnitud, “o me va a venir a decir que viaja mejor que yo”. Faltaban dos hombres que eludir y parecía imposible de moverlos porque otros intentaban bajar por su costados, de modo tal que tenía que decidir rápido por donde encarar si por la izquierda o derecha de los hombres, cuando volvió a distinguir un nuevo olor. Este nuevo tufillo ya no era de comida sino de transpiración de una señora que levantaba los brazos para facilitar el deslizamiento hacia fuera, como un nadador que nueve su cuerpo para evitar que el agua impida su desplazamiento.
Ya tenía un pie a fuera, pero el otro estaba todavía en la máquina. Tiró fuerte del mango de su mochila para que no quedara a dentro y se dijo “si fuera yo mujer ya me habrían sacado lo que llevaba a dentro” pero con el ímpetu de su diestra logró escapar de aquella aventura. Ya tenía todo su cuerpo sobre un concreto firme y se aventó con el libro cuando le corría una gota de transpiración por la frente. Hizo el primer paso, miró que no habían pasado más de veinticinco minutos desde que subió, luego el segundo y Teresa le regalo un pequeño beso al Poéta.- al menos una buena- dijo.

2 comentarios: